Puede ser que solo parezca “cool”, pero evidentemente mover la copa antes de catar un vino tiene su propósito. De hecho, este gesto es esencial en cualquier sesión de cata de vinos, y también mejorará los olores y el sabor del vino mientras lo tomas en casa.

¿Por qué?

Se trata de “oxigenar” el vino. El oxígeno puede ser el enemigo del vino mientras se almacena: demasiado en la botella y el vino se convertirá en sobre oxidado, muy poco y podría saber a carne.

Pero una vez que te has servido una copa, el oxígeno se convierte en amigo del vino. Tan pronto como el vino se libera de la botella, comienza a descomponerse, o a “abrirse”.

A medida que el vino se abre, se suaviza y sus aromas se vuelven más evidentes. Agitando la copa, aportarás algo de oxígeno al vino y de esta manera lo podrás degustar en su máxima expresión. Esa es la razón también de que las copas de vino tengan forma de tazón.

¿Cómo?

Todo el mundo tiene su propia técnica cuando se trata de agitar la copa de vino. La forma correcta de hacerlo es sujetar el vaso por su tallo y mover el vaso en un círculo pequeño y estable. El vino debe moverse por los lados de la copa, deteniéndose un centímetro o dos antes de la parte superior. Las pequeñas gotas que se caen por el lado de la copa se llaman las lágrimas del vino. Podrás comprobar que los vinos más con más contenido alcohólico recogen más gotitas por la pared de la copa, mientras que los vinos más dulces, normalmente por ser más viscosos, tardan más en caer hacia abajo.

Realmente no importa demasiado cómo lo hagas mientras consigas un poco de oxígeno ahí dentro. Algunas personas prefieren dejar la base de su copa de vino sobre la mesa y empujar la parte inferior del vaso en círculos pequeños, y esta es una buena solución si no eres un verdadero experto.

En cuanto tengamos el vino oxigenado en la copa podremos empezar a degustar los olores y sabores con los que el vino nos obsequiará. Para ello, coloca la nariz sobre el cristal y aspira profundamente para captar todo el “bouquet” que te sea posible. Cada vino tiene su propio aroma único. Si estamos algo entrenados, seremos capaces de distinguir notas de grosellas negras, vainilla, roble, chocolate, limones o tabaco, por ejemplo.

Es aconsejable repetir esta operación varias veces para asegurarnos que somos capaces de distinguir los distintos aromas que nos aportará el vino cada vez. En una Rioja, por ejemplo, el vino puede empezar a oler a matices de cerezas y moras antes de que el bouquet se convierta en canela y tabaco. O con un Chardonnay puedes obtener piñas, melocotones e higos antes de cera de abejas y crème brulee.

Por supuesto que los aromas en un vino pueden llegar a ser deliciosos, y agitando la copa podrás apreciar en cada sorbo plenamente todos los esfuerzos del bodeguero que ha trabajado tan duro para elaborarlo.

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