La crianza del vino, ya sea en barrica o en botella, es un proceso imprescindible para obtener un buen caldo.
Aunque la crianza en botella no es estrictamente una crianza, si no más bien un «perfilado», este proceso permite suavizar los aromas, la acidez y los posibles taninos. Después de un largo tiempo en botella, normalmente unos 2 años, obtenemos el proceso de reducción -el contrario a la oxigenación- que aportará al vino previamente criado en barrica aromas a tabaco, cuero, especias, sotobosque…
La crianza en madera de roble, gracias a la porosidad de ésta, será la responsable de darle al vino aromas minerales, cremosos, tostados, frutos secos, vainilla… todo ello dependiendo del tiempo que el vino permanezca en la barrica y del tipo de ésta.
El roble francés es más caro y poroso que el roble americano y por ello aportará al vino notas cremosas y avainilladas.
El roble americano posee más taninos que el francés y nos dará notas a torrefacto y tostados.
También se usa, pero en menor medida, el roble ruso, que aporta al vino aromas principalmente a cedro.
Después del tipo de crianza, nos quedaría hablar del tiempo de crianza, pero esto lo dejaremos para un próximo post.